El Aula 33


En una zona colonial,  de cuyo nombre no quiero acordarme, existió un hospital donde los tuberculosos iban a dar.  Cien años más tarde, se construyó el esbozo de una facultad tétrica, con un laboratorio de anatomía.

Miles de especies concursaban cada año para clasificar, el número en promedio de los seleccionados era entre 90 y 120.  Por desgracia propia, aterrice allí a los 17 años. Eran mis tiempos de capullo.  Entre montañas de libros de bioquímica y anatomía se me secó el cerebro y perdí la cordura.

Al principio, éramos centenares de criaturas extravagantes, que cáminabamos por los pasillos abrazadas a los libros. Nuestro caminar era rápido sin mirar a los lados, con la vista hacia abajo.

La atmósfera que reinaba era de fieras que luchaban por la supervivencia, el único fin competir al salir de el aula por los libros de la escuálida biblioteca.

Cada mañana y cada tarde nos encerrábamos en nuestro zoológico, junto a profesores desgarbados. Quién con sus tormentosas preguntas nos hacían vivir largas historias de crímenes y castigos. No conforme con eso nos invitaban a dar la clase de día, nunca en mi corta vida me había sentido tan humillada y ofendida.

Hasta que un día nació la confianza y nos agrupamos al azar convirtiéndonos en fieles manadas. Juntos caminábamos errantes de un lugar a otro.

Un descarriado del grupo nos invitó en una de esas tantas noches de ocio a un extraño lugar. Conocida por los mayores como el “Aula 33” .

Allí comenzamos a vivir. Una andrajosa cantina, atendida por amenos personajes. En un principio sentí miedo, al ver los espectáculos de las modestas parejas, los insultos entre borrachos, lesbianas alegres.  Luego se volvió una costumbre, era un lugar de tertulia, donde se reclutaban desde los más antiguos maestros hasta las más pequeñas esporas.

Cada mesa era un mundo, en una se reunían las putas tristes, que se llenaban de alegría cuando en la entrada  se escuchaban el estruendo de nuestra llegada. Ellos sin un céntimo, apenas con el dinero de la comida del día.  En veces empeñaban sus libros para brindarles un trago. Ellas mujeres conformes, les gustaba bailar y vivir emociones desconocidas en brazos de adolescentes. Nosotras observábamos perplejas la gracia del cuadro.

Nunca me consideré una amistad celosa, sabía que eran justas y necesarias algunas de sus acciones. Muchos años después cuando se alababan de ser buenos bailarines, la respuesta era considerable: “por supuesto que bailas bien, aprendiste con una puta”.

Se estableció una gran armonía en un tiempo,  los viejos declamaban sus poesías,  las mujeres cantábamos al son de las antigua rockolas,  ellos contaban historias exageradas muy acorde con el tono de su borrachera, para llamar la atención.  Conocimos así los caminos hacia la libertad, en el Aula 33.

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