La Sombra de mi ventana


Por mucho tiempo fui la primogénita de mi familia, por lo tanto no tuve que compartir un cuarto con hermanos. Siempre creí ser la estrella de mi hogar.

Me acostumbraron a dormir contándome cuentos. A los cinco años ya estaba harta de “cenicienta”, “la dama y el vagabundo”, “blancanieves”…

Desde muy pequeña siempre me caracterizó una filosa curiosidad. Existía un motivo por el cual me corrían del cuarto de mis padres a ciertas horas de la noche. Ese electrónico aparato que alumbraba fuertemente con su pantalla. Mi feroz enemigo.

Un día decidí ir a gatas hasta ubicarme debajo de la cama de mis padres. Mis ojos vieron por primera vez con asombro, la salida de ese espeluznante hombre con malévolas alas y colmillos filosos del fondo de un ataúd. No podía apartar mi vista de esas imágenes, donde ávidamente desangraba sus víctimas, amordazando  sus cuellos. Cuadros febriles que siempre vivirán en mi memoria.

A partir de entonces, comencé a ver la obscura sombra que se asomaba a mi ventana e insistentemente me llamaba. No obstante, mi obsesión por los libros continuaba. Una tarde le dije a mi padre:

– Papá, ya soy una mujer! desde los cinco años se leer…

– Cómprame cuentos de terror!

– Hija, apenas tienes siete.

– Pero ya sé leer, insistí.

Esta afirmación fué suficiente. A la siguiente mañana, camino a la librería estaba. Por enésima vez su talón de aquiles falseaba. Pero me advirtió:

– Los libros los escojo yo!

Afirmé solo con mi cabeza. Entré desesperada, sin ni siquiera saludar. Buscaba imágenes que en mi mente fantaseaba. Admirada y extasiada le comenté:

– Papi, estos son los que quiero!

Una colección de Alfred Hitchcock señalaba. Mi padre para evitar episodios que le avergorzaran de  “típica niña mimada” , aceptó.

A partir de ese día no quise que nadie más me leyera, encerrada leía sobre mi cama. Algunos de ellos fueron: Extraños en un tren, yo confieso, el hombre equivocado, los pájaros, la ventana indiscreta, llamada fatal.

Días emocionantes, noches eternas con espectros de sombras que entraban por la ventana para bailar en la pared. Espantapájaros, criaturas horrendas, bestias salvajes, monstruos aterradores. No se apartaban de mi vista, ni con mi rezar repetitivo.

Aburrida del afamado escritor,  conocí a Agatha Christie, mi nueva obsesión. Pero ya tenía diez!

Cada vez que la noche llegaba y las sombras se reflejaban en mi ventana, con mi cobija a cuadros me tapaba de la cabeza a los pies.


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