Todo sobre mi nada.


Mi ¨nada¨, no es una nada corriente, es una cajita de pandora, muy particular, a la que no dejo de admirar.

Nació cuando comenzaron mis andanzas por aquellos lugares, de cuyos nombres no quiero ni acordarme. Al día siguiente mi madre me preguntaba con cariño: ¿Qué hiciste ayer? Sin pensarlo dos veces le respondía: -Nada.

El olvido, es un término muy triste, el cual con el tiempo he aprendido a borrarlo y sustituirlo por mi sentida ¨nada¨.

Sin embargo, en mi etapa pintoresca del romanticismo solía decir: -A partir de este momento,¨nada¨ podrá separarnos; sabiendo para mis adentros, que todas aquellas palabras algún día, se las llevaría la ¨nada¨.

Hoy por hoy, la nada para mí son tus besos, esos con sabor a¨nada¨.

La nada que yo amo, abarca todo un mundo: La lluvia,  la brisa, la luna. Son mis versos, que dejan en tu cuerpo ese gran vacío, tan lleno de mí, siendo yo  nada…

Déjame una vez más llenarte de mi presencia, que es todo y es nada, en esta vida y en todas aquellas que aún nos faltan por recorrer.

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Tu rostro en la lluvia


Hace algún tiempo descubrí que eres incompatible con la realidad, sin embargo eso no me desmotivó.

Por el contrario, desde ese momento comencé a crear mundos y a pintar sueños.

Imagino tu rostro en el mar, en la lluvia, en la brisa. Mis plantas notaron el cambio y florecieron en sonrisas.

Sin querer queriendo, me fuí volviendo artista.

Hoy en día,  mi cuarto cambió de color, con miles de cuadros 
inspirados en el rostro de vos.

Desmemoriada


Pasé gran parte de mi vida conjugando verbos, comencé en regresivo desde de la ¨ Z¨´ hasta la ¨A¨. Al llegar al verbo amar,  no pude evitar adentrarme en un túnel excavado, al final de mi memoria.

Aquella tarde se desencadenó mi patología,  mi cuerpo se convirtió en una inconcebible máquina de suspiros. De tanto  suspirar, mis pulmones de insuflaron del monóxido de la calcinada ciudad en llamas. Colapsé y mi cabeza bailó por diez minutos un extraño vals, producto del vértigo.

Fugaces alucinaciones iluminaban la parte frontal de mi masa encefálica, mis hemisferios flotaban en un mar de eleva, desplazándose de norte a sur y viceversa.

Desperté entre quejidos y la realidad se reflejaba en un punto medio, en una imagen de ambliopía. Con el ojo derecho veía una distorsión del crudo presente, con el ojo izquierdo imágenes de un tortuoso pasado: sábanas, labios, besos, cartas borrosas.

Mi piel cambió de color, reflejaba el arcoiris.  Me miré al espejo, observé mis pupilas rotativas y con gran asombro pude apreciar, la imagen de un hermoso camaleón.

Amor elemental


Al principio de la creación la mujer fue solo una costilla, luego con un soplido de viento divino, cobró vida.

*

Fuego:  Mujer,  que fuiste tentada por los ojos de fuego de una serpiente llamada “Luzbel”. Tu vientre virginal, se encendió debajo de la piel. Con una manzana encendida, mostraste tu desnudez y el humano dejó de ser puro, para convertirse en el hombre, que te transformase en  mujer.

*

Aire: Aquella fuerza descomunal, que provenía desde el cielo, invisible ante los ojos, ésa que mecía sus cabellos, para descubrir la hermosa forma sus senos. Durante las noches, avivaba el fuego, refrescando sus ardientes cuerpos, que se amaban en silencio hasta el amanecer.

*

Tierra: La que les vio nacer, la que temblaba cada vez que ellos se amaban. Donde nació el fruto prohibido con sabor a amor. La que los convirtió en polvo antes de llevarlos a la eternidad, para poder disfrutar del verdadero paraíso.

*

Agua: De donde procede el nombre de esa mujer que solo ama, el líquido cristalino, que acentuaba sus curvas cada vez que se bañaba. La que les calmaba la sed, de la que nunca pudieron dejar de beber, ésas que luego bordearon los continentes, desde el sur hasta el centro de la tierra.

*

“Agua grande”

El perro de la hendija


Caminando a solas,  por una calle sin final,  me senté en una vieja construcción de bloques a descansar. Inicialmente viendo al suelo, la mezcla de caliche con asfalto de las calles sin terminar. El cotidiano dolor en el cuello, me  hizo girar la cabeza hacia arriba.

Un espectáculo nada común,  una noche clara,  diferente a las demás.

La luna se asomaba con toda su inmensidad,  para luego mostrarse desnuda, luminosa, ostentosa. En su redondez, se tejían todos sus capilares grises, sobre su indescifrable brillo perlado.

Roté nuevamente la cabeza, casi por instinto, observando la hendidura de la pared de la casa abandonada del al lado. Mi mirada se alternaba de un lugar a otro de forma simultánea.  Insistía entre la luna y la gran hendidura, esperando como un anuncio, un  presagio.

En ese instante, la luna descendió, como desprendiéndose del cielo, para filtrarse por la sucia hendidura, iluminándose por un par de segundos, para luego hacerse obscura. Miré con asombro como especies de cabellos gruesos, negros, que no llegaban a ondularse.

La imagen azabache se esponjó al terminar de pasar entre la pared y el haz de luz. Una sensación de frío me cubrió los pies, para subir rápidamente por el resto del cuerpo.

Bajé la mirada, que se encontró con unos brillantes ojos negros.  Sobre mis zapatos reposaba un perro negro, su peso me mantenía petrificada. Solo pestañeaba.  Se levantó como un rayo y tomó mi helada y pálida mano izquierda entre sus dientes.

Noche única en mi vida, noche eterna. Una mano helada atrapada entre la fuerte mandíbula de un ser fantasmal. Hice un intento momentáneo por retirar mis dedos de su boca, pero la presión aumentó, su saliva espesa y caliente, brotaba por los lados de su enorme quijada.

Lo miré fijamente, me halaba con fuerza, yo sin poder resistirme, le miré y nerviosamente sonreí. La presión disminuyó. Tenté al miedo por un instante y con mi mano derecha sin retirar la vista de sus brillantes y afilados ojos, acaricié su cabeza. La presión en mi mano disminuyó más , pero aún no me soltaba.

La criatura miró rápidamente, a la casa de enfrente. observé un extraño evento precedido por un intenso olor a azufre, que luego se acompañó de un repentino fuego incandescente, entre colores naranjas, rojos y amarillos.

El perro se levantó rápidamente, sin soltar mi mano. En ese momento la hendidura se cerró aparatosamente, como cosa de brujerías. El animal dio un paso hacia adelante, como si le llamaran, mis piernas no respondían para levantarme.

Comencé a sentir dolor, sus blancos y esmerilados dientes oprimían fuertemente mi piel. No me levanté, sin embargo, estire mi mano.

Con voz fuerte le dije:

– Al infierno no te acompaño, si deseas en la tierra nos quemamos.

El perro azabache retrocedió un paso, como si comprendiera el significado mis palabras. Lo acaricié de nuevo. Sus párpados se cerraban, mi mano aún en su boca.

El sueño nos consumió a ambos. Me desperté con un golpe del viento en mi cara. Bajé la mirada, a mis pies se encontraba una extraña marca de carbón,  que adornaba el amarillento caliche.

El día que abandoné mis alas


Salvador me enseñó a volar, me sentía muy dichosa entre todas las gaviotas. Mis alas cristalinas reflejaban su azul, tan incandescente que se confundía con el mismo cielo.

En mi debut como ser alado, volé a grandes velocidades. Siempre en vertical, sin importar la cercanía con el sol, astro inclemente que me consumía lentamente con sus intensos dorados.

Luego de besar la gloria, mi sano vicio era dejarme caer, en círculos, con tamaños aleatorios, mientras cerraba mis ojos. Imaginar que en esos momentos,  era dueña del universo.

Pasado un tiempo, volaba a solas, siempre agradeciendo a mi maestro, quien pasó a formar parte de las gaviotas blancas.

Con el pasar de cada día, tentaba al cielo, mi amigo desconocido, a medida que lo recorría, comprendía el significado de la palabra infinito.

Una cálida mañana,  sentí el deseo ardiente de aumentar la distancia y la velocidad de mi vuelo. Me impulse como nunca, mis alas se entumecieron, sin embargo mi cuerpo luchó contra algo desconocido.  Los implacables vientos del sur quienes con su extraña presencia, me hicieron sentir por primera vez la espina del miedo.

El miedo penetró a mi vida como una afilada espina, punzante y a su vez asfixiante. Sentí una rigidez envolvente en mi frágil existencia. Con la fuerza de un rayo, cerrando mis ojos me dejé caer, sin saber más de mí, inconsciente.

Desperté alucinando con dos granos de café que se posaban sobre mí insistentemente. Jamás había visto algo semejante.

Un rostro, cuya apariencia era para mí desconocida hasta ese día. Al recobrar la razón, sentí un peso en mi cuerpo. Horrorizada me levanté e inmediato, estaba desnuda, brazos brotaban de mi pesado torso, piernas que respondían a mis impulsos.

La mayor tragedia, mirar mi espalda con mis alas de cristal, rotas, hechas añicos, sangrantes. Una lágrima salió de mis nuevos ojos y se evaporó en la arena.

Un llanto contagioso escuché a un metro de distancia. Provenía de ese ser, quien preocupado me dijo entre susurros: – Para sobrevivir deberás prescindir de ellas.

Con un suave ademán, giró su tronco y pude observar las dos hendiduras que brotaban crudamente de su hermosa espalda.

En ese instante, comprendí el sacrificio de las almas rebeldes.

Con sus labios desprendió poco a poco, mis preciadas alas. Bebió de mi sangre como si se tratara de una ofrenda. Una pequeña cantidad de su espesa y caliente saliva, fue suficiente para cerrar mis nobles heridas.

Desde ese entonces esos ojos café, solo existieron para mí, día y noche, noche y día.

La noche que nos visitó la lluvia, conocimos el calor, con un eterno abrazo de nuestros cuerpos que duró hasta el amanecer. Entre largos besos, atrapados entre ansiosos suspiros.

Esa noche nos penetramos el alma, la piel, conocimos la miel. Lágrimas de amor y de júbilo , corrieron por esos rostros tan humanizados por el sufrimiento.

Valió la pena, sacrificar lo que tanto amaba…

A cambio tengo tu dulce compañía, que será eterna como mi alma, sin importar las noches y los días .

La brasa que me abraza


Añoro esas noches con olor a ceniza, donde los sentimientos se marginan con la fuerza de la brisa.  Noches etéreas, noches fugaces, que se apagan con esos amaneceres llenos de remordimientos.

Yace al borde de la cama,  la sucia conciencia. Con el transcurrir de la mañana, comienza la sensación de zozobra, que va en aumento con los calurosos atardeceres.

Cuando cae la noche con toda la fuerza de un hacha, mis pensamientos te llaman. Mi piel te respira, se avivan las brasas. Esas que golpean como el viento, que no declinan en su furia hasta consumirse con el fuego.

Tu ausencia me desnuda a la intemperie, mis sombras se dibujan como una noche hecha a mano.  Atrapada en mis cuatro paredes me visita la nostalgia, quien te invoca como una oración, como un lamento. Tu alma inquieta escucha mi plegaria, escapa de tu cuerpo como un huracán.

En medio de la tormenta vuela ansiosa, hacia el encuentro. Sin importarle pagar el precio de la condena, sin sentir el peso de mis cadenas.

Justo allí, en el abismo reposan los vestigios de un cuerpo de cera, inerte, afligido. Tu alma de hielo comienza a arder, con el rojo fuego de las brazas. Me toma, me abraza, enciende mi cuerpo desnudo con un beso infinito.

Esta noche y todas las demás serás para mí, por los siglos, de los siglos…