La brasa que me abraza


Añoro esas noches con olor a ceniza, donde los sentimientos se marginan con la fuerza de la brisa.  Noches etéreas, noches fugaces, que se apagan con esos amaneceres llenos de remordimientos.

Yace al borde de la cama,  la sucia conciencia. Con el transcurrir de la mañana, comienza la sensación de zozobra, que va en aumento con los calurosos atardeceres.

Cuando cae la noche con toda la fuerza de un hacha, mis pensamientos te llaman. Mi piel te respira, se avivan las brasas. Esas que golpean como el viento, que no declinan en su furia hasta consumirse con el fuego.

Tu ausencia me desnuda a la intemperie, mis sombras se dibujan como una noche hecha a mano.  Atrapada en mis cuatro paredes me visita la nostalgia, quien te invoca como una oración, como un lamento. Tu alma inquieta escucha mi plegaria, escapa de tu cuerpo como un huracán.

En medio de la tormenta vuela ansiosa, hacia el encuentro. Sin importarle pagar el precio de la condena, sin sentir el peso de mis cadenas.

Justo allí, en el abismo reposan los vestigios de un cuerpo de cera, inerte, afligido. Tu alma de hielo comienza a arder, con el rojo fuego de las brazas. Me toma, me abraza, enciende mi cuerpo desnudo con un beso infinito.

Esta noche y todas las demás serás para mí, por los siglos, de los siglos…

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