El día que abandoné mis alas


Salvador me enseñó a volar, me sentía muy dichosa entre todas las gaviotas. Mis alas cristalinas reflejaban su azul, tan incandescente que se confundía con el mismo cielo.

En mi debut como ser alado, volé a grandes velocidades. Siempre en vertical, sin importar la cercanía con el sol, astro inclemente que me consumía lentamente con sus intensos dorados.

Luego de besar la gloria, mi sano vicio era dejarme caer, en círculos, con tamaños aleatorios, mientras cerraba mis ojos. Imaginar que en esos momentos,  era dueña del universo.

Pasado un tiempo, volaba a solas, siempre agradeciendo a mi maestro, quien pasó a formar parte de las gaviotas blancas.

Con el pasar de cada día, tentaba al cielo, mi amigo desconocido, a medida que lo recorría, comprendía el significado de la palabra infinito.

Una cálida mañana,  sentí el deseo ardiente de aumentar la distancia y la velocidad de mi vuelo. Me impulse como nunca, mis alas se entumecieron, sin embargo mi cuerpo luchó contra algo desconocido.  Los implacables vientos del sur quienes con su extraña presencia, me hicieron sentir por primera vez la espina del miedo.

El miedo penetró a mi vida como una afilada espina, punzante y a su vez asfixiante. Sentí una rigidez envolvente en mi frágil existencia. Con la fuerza de un rayo, cerrando mis ojos me dejé caer, sin saber más de mí, inconsciente.

Desperté alucinando con dos granos de café que se posaban sobre mí insistentemente. Jamás había visto algo semejante.

Un rostro, cuya apariencia era para mí desconocida hasta ese día. Al recobrar la razón, sentí un peso en mi cuerpo. Horrorizada me levanté e inmediato, estaba desnuda, brazos brotaban de mi pesado torso, piernas que respondían a mis impulsos.

La mayor tragedia, mirar mi espalda con mis alas de cristal, rotas, hechas añicos, sangrantes. Una lágrima salió de mis nuevos ojos y se evaporó en la arena.

Un llanto contagioso escuché a un metro de distancia. Provenía de ese ser, quien preocupado me dijo entre susurros: – Para sobrevivir deberás prescindir de ellas.

Con un suave ademán, giró su tronco y pude observar las dos hendiduras que brotaban crudamente de su hermosa espalda.

En ese instante, comprendí el sacrificio de las almas rebeldes.

Con sus labios desprendió poco a poco, mis preciadas alas. Bebió de mi sangre como si se tratara de una ofrenda. Una pequeña cantidad de su espesa y caliente saliva, fue suficiente para cerrar mis nobles heridas.

Desde ese entonces esos ojos café, solo existieron para mí, día y noche, noche y día.

La noche que nos visitó la lluvia, conocimos el calor, con un eterno abrazo de nuestros cuerpos que duró hasta el amanecer. Entre largos besos, atrapados entre ansiosos suspiros.

Esa noche nos penetramos el alma, la piel, conocimos la miel. Lágrimas de amor y de júbilo , corrieron por esos rostros tan humanizados por el sufrimiento.

Valió la pena, sacrificar lo que tanto amaba…

A cambio tengo tu dulce compañía, que será eterna como mi alma, sin importar las noches y los días .

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