El perro de la hendija


Caminando a solas,  por una calle sin final,  me senté en una vieja construcción de bloques a descansar. Inicialmente viendo al suelo, la mezcla de caliche con asfalto de las calles sin terminar. El cotidiano dolor en el cuello, me  hizo girar la cabeza hacia arriba.

Un espectáculo nada común,  una noche clara,  diferente a las demás.

La luna se asomaba con toda su inmensidad,  para luego mostrarse desnuda, luminosa, ostentosa. En su redondez, se tejían todos sus capilares grises, sobre su indescifrable brillo perlado.

Roté nuevamente la cabeza, casi por instinto, observando la hendidura de la pared de la casa abandonada del al lado. Mi mirada se alternaba de un lugar a otro de forma simultánea.  Insistía entre la luna y la gran hendidura, esperando como un anuncio, un  presagio.

En ese instante, la luna descendió, como desprendiéndose del cielo, para filtrarse por la sucia hendidura, iluminándose por un par de segundos, para luego hacerse obscura. Miré con asombro como especies de cabellos gruesos, negros, que no llegaban a ondularse.

La imagen azabache se esponjó al terminar de pasar entre la pared y el haz de luz. Una sensación de frío me cubrió los pies, para subir rápidamente por el resto del cuerpo.

Bajé la mirada, que se encontró con unos brillantes ojos negros.  Sobre mis zapatos reposaba un perro negro, su peso me mantenía petrificada. Solo pestañeaba.  Se levantó como un rayo y tomó mi helada y pálida mano izquierda entre sus dientes.

Noche única en mi vida, noche eterna. Una mano helada atrapada entre la fuerte mandíbula de un ser fantasmal. Hice un intento momentáneo por retirar mis dedos de su boca, pero la presión aumentó, su saliva espesa y caliente, brotaba por los lados de su enorme quijada.

Lo miré fijamente, me halaba con fuerza, yo sin poder resistirme, le miré y nerviosamente sonreí. La presión disminuyó. Tenté al miedo por un instante y con mi mano derecha sin retirar la vista de sus brillantes y afilados ojos, acaricié su cabeza. La presión en mi mano disminuyó más , pero aún no me soltaba.

La criatura miró rápidamente, a la casa de enfrente. observé un extraño evento precedido por un intenso olor a azufre, que luego se acompañó de un repentino fuego incandescente, entre colores naranjas, rojos y amarillos.

El perro se levantó rápidamente, sin soltar mi mano. En ese momento la hendidura se cerró aparatosamente, como cosa de brujerías. El animal dio un paso hacia adelante, como si le llamaran, mis piernas no respondían para levantarme.

Comencé a sentir dolor, sus blancos y esmerilados dientes oprimían fuertemente mi piel. No me levanté, sin embargo, estire mi mano.

Con voz fuerte le dije:

– Al infierno no te acompaño, si deseas en la tierra nos quemamos.

El perro azabache retrocedió un paso, como si comprendiera el significado mis palabras. Lo acaricié de nuevo. Sus párpados se cerraban, mi mano aún en su boca.

El sueño nos consumió a ambos. Me desperté con un golpe del viento en mi cara. Bajé la mirada, a mis pies se encontraba una extraña marca de carbón,  que adornaba el amarillento caliche.

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