Renacer


Habían vivido lo suficiente.

Se encontraron al borde de un acantilado.

Esperaban a la muerte.

Una triste coincidencia.

Hablar sobre eternidad les parecía doloroso.

Vivir una hora más, era un suicidio.

Deseaban tenerse a destiempo.

Su sueño, crear un mundo alterno.

Entre caricias se libraron de pasado.

La culpa dejó de existir al sentir el amor.

Se convirtieron en tierra mojada.

Sus caricias con la fuerza del viento desbocado.

Su deseo elevó a  los grandes astros.

Morder el fruto prohibido para abrir los ojos.

Descubrieron que estaban atados por raíces.

Sin importar su desnudez se tomaron de las manos.

Rozaron sus labios e inventaron el beso.

Un incendio en el centro del  jardín.

Sin miedo atravesaron los límites de la muerte.

Sueñan cada noche con volver a nacer.

Inolvidable el día en que perdieron la piel.

 

Directo al sol


Ya en límite. Donde se debaten la vida y la muerte. Donde inicia la visión retrospectiva de la estancia terrenal.

Ya sin ansiedad. Rodeada de calma. Donde se alternan los sueños y la clarividencia. Donde se perciben las verdades como latidos vitales.

Ya sin dolor. Envuelto por una atmósfera de paz. El alma se libera de su condena. Vuela sin resistencia. Un vuelo que evolucionó satisfactoriamente, desde lo rudimentario, hasta lograr la precisión.

Ya, a  imagen y semejanza del Omnipotente. Buscando la perfección. Convirtiéndonos en creadores de nuestra propia redención.

¿Y el amor?

Se inicia con el desarrollo del amor propio.  Con la aceptación. Mirarse en un cristal y sentirse único, privilegiado. Amarnos como flores, aceptando nuestras espinas. Admirar y desarrollar nuestra belleza interior.

Ante fracasos, tormentas, caídas, asumir una nueva estrategia de vuelo. Cada vez más impecable.

Cuando el cuerpo deje de ser un peso. Cuando extiendas tus brazos como alas al viento. Cuando puedas ver al sol de frente, sin miedo. Estarás a un paso de la perfección.

¿Qué hay después del túnel?

Un amor perfecto, un amor sin límites.

La paz espiritual, que sólo tú puedes alcanzar.

Créeme, nadie más lo hará por tí.

 

 

 

 

 

 

 

Clandestinos


Día a día, entre el polvo y la lluvia ellos se esconden.

Se escapan del mundo como criminales, a sabiendas de que todos lo saben.

Encuentros fortuitos, inicialmente en las heladas madrugadas. Hoy, la noches se hacen insuficiente.

Desean conocer sus rostros con la luz del amanecer. Ansias de compartir sonrisas, entre tazas de café. Sábanas gastadas de tanta soledad.

En sueños poblaron la luna nacarada. Se deslizaron entre caricias, en las ausencias del desierto. Se hundieron en el mar,  intercambiando besos con sabor a sal.

Son sombras con vida en las entrañas. Con piel ardiente.  Con ojos que profanan.

Ellos no saben cual será su designio. Tampoco parece importarles. Se aman con el día a día.

Dejan la conciencia sobre la mesa de noche. La recogen al amanecer.

Viven la vida como si no ha pasado nada. Cuando se extrañan, vuelven a caer.

Amor clandestino,  siempre será igual a amor sin destino.

 

Estelar


Hoy amanecí con una sonrisa en los labios. Luego de despertar de un largo viaje.

He descubierto que aprendí una nueva forma de vuelo, sin practicarla. Sin leer ningún manual.

Mi verdadera vida se inicia realmente a la hora de acostarme. Cuando me quedo dormida imaginando al mundo de una forma diferente. Comienzo a soñar. Comienzo a vivir.

Todo comenzó, en una de esas noches en las que él viene por mí.

Siempre sin avisar. Nunca se anuncia.

Esa noche como de costumbre llegó mientras dormía. Sentí su aroma entre las sábanas. Sentí su presencia inconfundible.

Con un beso intenso exhaló mi aliento. Ya aprendió a robarme el alma. Ya sabemos intercambiarlas. Es tan sencillo como intercambiar miradas.

Abrazados, emprendimos el vuelo en espiral, como de costumbre. pero esta vez, decidimos llegar más allá.

Fue una decisión mutua, traspasar los límites de la exósfera. Cerramos nuestros ojos para no dar cabida al miedo. En esos momentos, nuestros corazones se acompasaron pecho a pecho al ritmo de lo desconocido.

Por unos segundos comenzó a faltar el oxígeno. Nuestros cuerpos se tornaron pesados. Nuestros labios cambiaron de color. Pasaron de la rubicundéz, al violáceo asfixiante.

Abrimos los ojos por un instante, para cerciorar que ambos continúabamos allí. Al confirmarlo, la fuerza de nuestro vital abrazo, se acentuó.

Fuimos perdiendo poco a poco la noción del tiempo. Ya no contábamos las horas. Decidimos deshacernos de nuestras alas, para disminuir el peso de nuestras espaldas. Yo con tristeza arranqué las tuyas. Tus bellas alas, con el brillo de las conchas de nácar, que las iluminaba.

Se alejaron lentamente.

Luego le pedí que hiciera lo mismo con las mías. Se negó.  Casi suplicante, volví a insistir, con la amenaza de soltarme de sus brazos. Esta vez me miró con tristeza. Cerró sus ojos y con dulzura tiró de mis alas, tan impregnadas de rosas, tan amadas.

Una lágrima perlada resbaló de su mejilla, al caer se escuchó su eco en los rincones del infinito.

Nos hicimos grises, nos creímos muertos. Pero nunca perdimos la fe, nunca nos separamos. En ese momento comenzamos a gravitar, si se quiere, a levitar.

Nos elevamos en círculos, admiramos los planetas, las estrellas, las constelaciones.  Impregnados de magia, nos miramos nuevamente a los ojos.

El abrazo se hizo cada vez más fuerte, surgieron las caricias, los besos. Ya no existía vergüenza, ni fronteras. Perdimos el miedo.

Nos hicimos uno, en medio del espacio. En medio de fragmentos del polvo estelar.

Cerca


Me gusta soñar. Cada noche me aferro a entrelazar historias,  con espinas, con  rosas. A humedecer mi vientre, con aceites de almendras dulces.

Te imagino con la luna reflejada en tu ardiente mirada. En una cama que se nos hizo chica, para el mundo que hemos construido.

Me acerco lentamente, atraída por el brillo de tus pupilas dilatadas. Comienza el juego.  La sensación placentera que producen las sábanas de seda. Hoy son rubí.

Para nosotros el desvestirnos se ha convertido en un arte. Desabotonar las perlas de tu camisa, tatuando tu pecho con besos zigzagueantes.

Descubrir día a día, los secretos que ocultan las profundidades de tu ombligo. El broche de tu pantalón, que me mira con ese ojo único, valiente cíclope.

Mientras tanto, tú juegas con mi brassier. Aún no conoces el secreto de sus ganchos. Se ajustan más, a medida que mis senos cambian de tamaño. Es el efecto que producen tus húmedas y frías manos.

Aún no termino de entender los misterios que encierran los escotes y  las faldas.  Siempre terminas perdido en ellos. A mí me gusta encontrarte.

Te conviertes en pulpo, con tus manos en todas partes a la vez: en mis caderas, en  mis muslos en mis glúteos. Con mil intentos para llegar al punto.  Manejarte poco a poco, es mi menester.

Intercambiando miradas, caricias, suspiros. Besos sin fronteras, que suben y bajan sin parar.

Perdemos nuestra solidez, para hacernos líquidos. Comenzamos a fluir de manera natural, a medida que se acrecienta el fuego.

Tus ansias por calmar las mareas de mi vientre. Ya no pides permiso. Entras sin avisar. Con la intención de quedarte. Con la certeza de estallar.

Movimientos de vaivén, mientras que me aferro a tu espalda con mis uñas. Se dibujan marcas púrpura, en tu mapa.

Las exhibes como trofeos de batalla, todas ganadas.

Te posas como traviesa mariposa en mis senos, disfrutando los botones de tus flores preferidas. No conforme vuelas a mi cuello, allí te quedas por largo tiempo, hasta que mi corazón se acelera.

Nos olvidamos del mundo, del sol, de la luna, a veces hasta de nosotros.

Te halo por los cabellos hacia atrás, mientras continúas bebiendo de mi cuello. Mi fuerza ya sin efecto.

Esta vez como fieras, con gemidos. Resbalan  gotas de sudor como cristales.

Comienza el vuelo.  Ir y venir sin querer abandonar el mundo.

Me rindo,  sin regreso. Tú, esta vez me acompañas.

Nos encontramos por segundos en ese mundo tan imaginado, tan deseado. Al descubrirnos tan alto, nos dejamos caer, en picada, por el túnel de regreso.

Llegamos de nuevo a la cama.  Esta vez somos vapor, que se dispersa con la luz del sol.

Mi otro yo


De lunes a viernes tengo mi agenda escrita. Generalmente  sin modificaciones. El viernes a partir de las dos de la tarde se inicia mi proceso de liberación.

La presión cae al suelo, como una tonelada de plomo que se despega de mi espalda, abriendo un profundo túnel sobre el asfalto.

Dejo de ser un instrumento mecánico, conducido por impulsos, para convertirme  en gente.

Mi pensamiento se organiza desde otra perspectiva, como un cubo de rubik. Cambio de color, a veces verde, a veces azul. Me acerco al espejo y noto la disminución del pulso de las yugulares de mi cuello y también de las temporales, eso me da un aspecto relativamente normal.

Coloco mi mano en el pecho, buscando mi ritmo cardíaco. Me meto a la ducha para quitarme el olor consistente de los  espacios intrahospitalarios.  Amo el agua fría, me refresca la frente, también la mente.

Así poco a poco me voy haciendo líquida, comienza a circular la sangre.  Froto mi espalda con mi esponja antie-estrés,  el pecho,  la planta de los pies.  Desperdicio cantidades industriales de shampoo y luego de jabón líquido con fragancia a flores. Me gusta hacer burbujas, encierro deseos en ellas y luego las reviento.

Al terminar el ritual de la ducha me veo al espejo, observo mis ojeras. He comenzado a amarlas. Cuento mis canas, sólo tengo seis. A ellas todavía no las acepto. Las tengo desde hace ocho años, en forma de haz, un escondido lunar.

Me baño de nuevo, esta vez en crema para el cuerpo con fragancia frutal y luego me cubro de una capa de perfume. Me miro de nuevo y me digo a mi misma: – Ahora si soy gente.

Comienzo a actuar como gente, a socializar, a comer acompañada. A las 4:00 p.m. comienzo a pensar de nuevo de manera diferente. Esta vez como mujer, al salir a la calle noto ciertas miradas intimidantes. Las mismas que obvio durante el resto de la semana. La gente dice que mi cara cambia los viernes, también mi forma de caminar.  Dejo de caminar viendo al suelo para ver el cielo. Lo que nunca falta, mi cámara en la mano.  A todo lo que se mueva y respire,  a todo lo inmóvil le corresponde una fotografía, porque sí.

Tengo una colección infinita de fotografías digitales, las llamo  “momentos”, “instantes” y así.

Así se me pasa la vida, ella me recuerda que tengo familia. Sin embargo no dejo de sentirme sola. Quizás es una justificación para encontrarme conmigo misma. Quizás es una excusa para venir hasta aquí.