Ojos Café


Hubo una vez un sabio príncipe , dueño de un imperio que ocupaba  las tres cuartas partes de Asia.

Como todo príncipe, era de carácter autoritario y a pesar de su sabiduría innata, desprestigiaba con su trato a la servidumbre.

Se apróximaba en ese entonces, la fecha para la celebración de los 1000 años de la dinastía, por lo que un sabio consejero se le acercó para hacerle la siguiente proposición: – Mi señor, como ya sabrá dentro de pocos días, se celebrará el gran milenio del imperio, debería organizar una fiesta extraordinaria para el pueblo. Así su fama se extenderá por todos los continentes, hasta recorrer la faz de la tierra.

El príncipe callado y pensativo rompió el silencio, que lo mantuvo absorto por un minuto: – Hasta ahora nadie ha sido digno de entrar en mi palacio, pero tu idea, parece bien fundamentada. Prosiguió: – Organiza la fiesta e invita a todos los jefes de familia con su primogénito, no deberá faltar la bebida y la comida.  El consejero con una sonrisa triunfante, sin decir palabra, se retiró.

El pueblo entero trabajó durante las vísperas al acontecimiento.

Las madres, prepararon los mejores trajes para sus primogénitos. Era una ciudad de jóvenes y ancianos en propociones iguales.

Los jóvenes comenzaron a cuidar su apariencia y las doncellas se veían por las calles del mercado comprando los mejores atuendos.

Llegada la noche de la fiesta, el cabeza de cada familia se presentó en el palacio a la hora exacta. Largas colas se formaban en las afueras del palacio, jóvenes, niños y doncellas se miraban las caras con nerviosismo, ocultando las más hermosas sonrisas.

Al entrar, se ubicaron tímidamente  en las mesas de la inmensa sala del palacio. El príncipe dió la bienvenida y agradeció al pueblo su asintencia masiva a la convocatoria, con eso terminó su corto discurso.

Una joven doncella, con el rostro cubierto rompió el silencio y levantando su mano derecha dijo en voz alta: – Tengo unas palabras para vuestra majestad, si me lo permiten.

El consejero palideció y dirigió la mirada al príncipe esperando su respuesta.

El príncipe replicó: – Habla, mujer…

Ella se puso de pié. A pesar de corta estatura, sus hermosos ojos iluminaron toda la sala. Tomó aire y aún con el rostro cubierto dijo en voz alta: – Al humilde Dios lo eleva. Tomo de la mano a su padre y se retiró del festín.

Todos los invitados quedaron consternados, la fiesta fué la mejor en 500 años.

Al día siguiente el príncipe  comenzó a verse por las afueras de la ciudad, en el mercado, en los sembradíos. Al morir su padre en las cruzadas, fué nombrado rey. El más admirado y reconocido por sus obras y por la nobleza de su corazón.

Con la particularidad de ser un rey sin reina, dedicado en cuerpo y alma a su pueblo. Con la entrega de los mejores amantes. Un rey, que por el resto de sus días, le rindió tributo a esos ojos café que desaparecieron, entre las sombras de la noche.

De ella no se supo nada, tampoco de su padre, sólo lo que aquí les cuento.

 

 

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