La bailarina del jardín


 

Como de costumbre me levanto muy temprano. Lleno mi taza de café y mientras el denso humo se dispersa, me siento a contemplar la excitante belleza del jardín.

Podría pasas horas enteras sumergida en cada uno de los componentes de ese mosaico natural.  Donde la tierra, las plantas, el sol, la brisa matutina y la atmósfera de mi aliento, embriagado por el café, se transforman en un cuadro inusual.

Estar de pie en esa actitud contemplativa me produce vértigos. Me recuesto en mi mecedora azul índigo, donde  arrullo a mis laberintos para que dejen de girar.  La sensación cesa espontáneamente en forma de espiral regresivo.

Cierro los ojos para sentir el roce de la brisa agitando mis cabellos.  Me mojo los labios resecos con un trago de café y siento el calor que impregna el mejor de los sentidos, donde detona el placer.

Con el aleteo del colibrí vuelvo a la realidad, se ha convertido en el depredador del jardín. Ya todas mis flores dejaron de ser niñas, con la habilidad de su pico de aguja.

Las veo todos los días, cada vez más enamoradas, cada hora más espléndidas. Cubren el centro de su desnudez, con sus frágiles pétalos. Cada una con un atuendo diferente para la ocasión.

Él se ha vuelto exigente, ha desarrollado su vuelo haciéndolo más rápido, más preciso. Las ama sin dolor, las nutre de pasión.

Anoche no dormí de la preocupación. A las cinco de la tarde, la bailarina del jardín floreció. Temo por su seguridad, por la ingenuidad de sus tres pétalos color azul.

Anoche me pidió que le cantara hasta que se durmiera, la siguiente canción:

“Tengo una muñeca

vestida de azul

con sus zapatitos

y su canesú…”

Al verla dormida, me dirigí a mi habitación sin poder conciliar el sueño, pensaba en la tragedia del día de hoy.

Acá estoy a la espera, deseando que él pase de largo, que las otras niñas del jardín estén lo suficientemente bellas como para desviar el objetivo. Me preocupan sus brazos de cristal y su pequeña cabeza conformada por un grano de polen.

Moriría  de sólo ver una gota de sangre en su vestido almidonado. Pero nada puedo hacer, él es el miembro más antiguo del jardín. El rey catador de almíbares.

Ella todavía juega con la brisa, le muestra una gota de rocío en su falda, quiere verla volar. Baila al ritmo del tiempo, sus pétalos se mueven sin parar. Él ya está aquí, realizando piruetas de cortejo en el aire.

Un fuerte nudo me oprime la garganta, no lo puedo detener. El vértigo de inicia nuevamente, pero ahora sentada, veo mis manos palidecer. Transpiro sin parar.

Él, sediento de tanto revolotear por los aires, se le acerca, la mira, le muestra sus coloridas alas, como un príncipe de esos que usan capa.

Ella ruborizada le devuelve la sonrisa, como invitándole a pasar.

Él está ansioso, ávido.  Sin esperar más, se posa sobre ella.

Yo me desvanezco por un minuto y mi voluntad, me hace regresar.

Allí están los dos, flamantes de placer. Ha dejado de ser niña, para convertirse en mujer.

Esta mañana ella luce hermosa, él la vuelve a tomar por última vez, como para despedirse. En un fugaz vuelo a toda velocidad, desaparece.

¿Qué pasará mañana? ¿Qué será de los dos?

 

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