Mi otro yo


De lunes a viernes tengo mi agenda escrita. Generalmente  sin modificaciones. El viernes a partir de las dos de la tarde se inicia mi proceso de liberación.

La presión cae al suelo, como una tonelada de plomo que se despega de mi espalda, abriendo un profundo túnel sobre el asfalto.

Dejo de ser un instrumento mecánico, conducido por impulsos, para convertirme  en gente.

Mi pensamiento se organiza desde otra perspectiva, como un cubo de rubik. Cambio de color, a veces verde, a veces azul. Me acerco al espejo y noto la disminución del pulso de las yugulares de mi cuello y también de las temporales, eso me da un aspecto relativamente normal.

Coloco mi mano en el pecho, buscando mi ritmo cardíaco. Me meto a la ducha para quitarme el olor consistente de los  espacios intrahospitalarios.  Amo el agua fría, me refresca la frente, también la mente.

Así poco a poco me voy haciendo líquida, comienza a circular la sangre.  Froto mi espalda con mi esponja antie-estrés,  el pecho,  la planta de los pies.  Desperdicio cantidades industriales de shampoo y luego de jabón líquido con fragancia a flores. Me gusta hacer burbujas, encierro deseos en ellas y luego las reviento.

Al terminar el ritual de la ducha me veo al espejo, observo mis ojeras. He comenzado a amarlas. Cuento mis canas, sólo tengo seis. A ellas todavía no las acepto. Las tengo desde hace ocho años, en forma de haz, un escondido lunar.

Me baño de nuevo, esta vez en crema para el cuerpo con fragancia frutal y luego me cubro de una capa de perfume. Me miro de nuevo y me digo a mi misma: – Ahora si soy gente.

Comienzo a actuar como gente, a socializar, a comer acompañada. A las 4:00 p.m. comienzo a pensar de nuevo de manera diferente. Esta vez como mujer, al salir a la calle noto ciertas miradas intimidantes. Las mismas que obvio durante el resto de la semana. La gente dice que mi cara cambia los viernes, también mi forma de caminar.  Dejo de caminar viendo al suelo para ver el cielo. Lo que nunca falta, mi cámara en la mano.  A todo lo que se mueva y respire,  a todo lo inmóvil le corresponde una fotografía, porque sí.

Tengo una colección infinita de fotografías digitales, las llamo  “momentos”, “instantes” y así.

Así se me pasa la vida, ella me recuerda que tengo familia. Sin embargo no dejo de sentirme sola. Quizás es una justificación para encontrarme conmigo misma. Quizás es una excusa para venir hasta aquí.

 

 

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