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Me gusta soñar. Cada noche me aferro a entrelazar historias,  con espinas, con  rosas. A humedecer mi vientre, con aceites de almendras dulces.

Te imagino con la luna reflejada en tu ardiente mirada. En una cama que se nos hizo chica, para el mundo que hemos construido.

Me acerco lentamente, atraída por el brillo de tus pupilas dilatadas. Comienza el juego.  La sensación placentera que producen las sábanas de seda. Hoy son rubí.

Para nosotros el desvestirnos se ha convertido en un arte. Desabotonar las perlas de tu camisa, tatuando tu pecho con besos zigzagueantes.

Descubrir día a día, los secretos que ocultan las profundidades de tu ombligo. El broche de tu pantalón, que me mira con ese ojo único, valiente cíclope.

Mientras tanto, tú juegas con mi brassier. Aún no conoces el secreto de sus ganchos. Se ajustan más, a medida que mis senos cambian de tamaño. Es el efecto que producen tus húmedas y frías manos.

Aún no termino de entender los misterios que encierran los escotes y  las faldas.  Siempre terminas perdido en ellos. A mí me gusta encontrarte.

Te conviertes en pulpo, con tus manos en todas partes a la vez: en mis caderas, en  mis muslos en mis glúteos. Con mil intentos para llegar al punto.  Manejarte poco a poco, es mi menester.

Intercambiando miradas, caricias, suspiros. Besos sin fronteras, que suben y bajan sin parar.

Perdemos nuestra solidez, para hacernos líquidos. Comenzamos a fluir de manera natural, a medida que se acrecienta el fuego.

Tus ansias por calmar las mareas de mi vientre. Ya no pides permiso. Entras sin avisar. Con la intención de quedarte. Con la certeza de estallar.

Movimientos de vaivén, mientras que me aferro a tu espalda con mis uñas. Se dibujan marcas púrpura, en tu mapa.

Las exhibes como trofeos de batalla, todas ganadas.

Te posas como traviesa mariposa en mis senos, disfrutando los botones de tus flores preferidas. No conforme vuelas a mi cuello, allí te quedas por largo tiempo, hasta que mi corazón se acelera.

Nos olvidamos del mundo, del sol, de la luna, a veces hasta de nosotros.

Te halo por los cabellos hacia atrás, mientras continúas bebiendo de mi cuello. Mi fuerza ya sin efecto.

Esta vez como fieras, con gemidos. Resbalan  gotas de sudor como cristales.

Comienza el vuelo.  Ir y venir sin querer abandonar el mundo.

Me rindo,  sin regreso. Tú, esta vez me acompañas.

Nos encontramos por segundos en ese mundo tan imaginado, tan deseado. Al descubrirnos tan alto, nos dejamos caer, en picada, por el túnel de regreso.

Llegamos de nuevo a la cama.  Esta vez somos vapor, que se dispersa con la luz del sol.

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