Mi payasito


Desde niña siempre fui adicta a todos los programas de payasos.  Inicié mi vicio por con el internacional Cepillín, esperaba ansiosa las cuatro de la tarde para comenzar a cantar y reír.

Posteriormente en mi país fueron apareciendo un sin múmero de payasos entre los más populares  figuraban: Popi, Juan Corazón, las payasitas Ni Fú Ni Fa. Cada uno con su estilo en el vestuario y sus canciones pegajosas,  las cuales aprendíamos con facilidad, al igual que sus originales bailes.

El Chapulín colorado fue algo fuera de lo común  en mi infancia,  con su ¨chipote chillón¨ y la inolvidable frase: ¨No contabas con mi astucia¨.

Nunca faltaron en casa, nuestras visitas a los mejores circos. Ellos instalaban sus exuberantes carpas en diferentes estados del país. Visitar a un circo, era para mí  lo más grandioso  que podía existir.  Con tan sólo dos horas de función me sentía la niña más feliz del mundo.

Al llegar a la adolescencia, nada  de esto cambió. Continuaba visitando los circos. Tenía un afecto especial por el circo de ¨Los Valentinos¨ . Allí me divertía con las funciones de Valentino, Juan, Polito y el resto del elenco de payasos. Crecí con ellos y tengo un gran número de fotos con mis payasos consentidos. La más reciente es del año pasado. Ellos  continúan divirtiendo a niños y adultos,  apoyando causas nobles, como fundaciones, con excelentes tarifas para los niños de los colegios públicos.

Volviendo a mi adolescencia, como regalo de 15 años pedí un enorme payasito sentado en una base rotatoria musical. Era  de cuerda, con tres canciones contínuas. Lo miraba girar y girar con su traje de raso  en colores llamativos, hasta quedarme dormida con mi nostálgica ¨Canción para Elisa¨. A veces sentía que me miraba y que su sonrisa era real.

A medida que iba creciendo, me avergonzaba y pensé en regalarlo a un niño más pequeño que lo supiese apreciar. Ya tenía 17 años e iba rumbo a la universidad.

Esa noche sentí mucho miedo. Era como si él presintiera la cruel realidad. Sentía el peso de su mirada. Su odio encarnecido. Una gran tristeza, invadió mi alma.

Me quedé dormida como de costumbre y desperté a la mañana siguiente con una horrible pesadilla. Mi gran sorpresa fué al percatarme que él no estaba. Lo busqué por toda la casa, en la habitación de mis padres, en la de mis hermanos, sin efecto. Nadie lo vio, nadie supo de él. Incluso nadie me creyó, sino hasta ahora.

Aún pienso que ante la traición decidió irse. No pierdo la esperanza de que algún día regrese, de la misma forma en la que huyó de mí. Lo lloré y extrañé como si se tratase de un humano. Algo que todavía sigo sin entender.

Hoy mi afición se mantiene, busco mi payaso perdido en la virtualidad.  Es una forma de compensar la pérdida de un amor platónico, un amor que durará por la eternidad.

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