Hacia el frío.


Contando los días. Planificando los sueños. Este año mis voces internas señalan el frío. El año pasado pidieron mar.

En Diciembre no me permito lujos.  Me regalo cada año, unas merecidas vacaciones.

Abandonar la realidad por algunos días. Congelar mi mente para verla reposar, ajena al mundo.

Varios años sin visitar Mérida. Puedo sentir en mis manos la textura de los frailejones. Todavía recuerdo aquel ramo,  cuando hice mi primer viaje.  Fue en la plaza principal. Un andino de mejillas rosadas por el frío, me recitó un hermoso poema. Me obsequió simétrico bouquet con exuberantes violetas y una hoja rayada que contenía un acróstico con mi nombre. Sonrió y en medio de la noche desapareció.

Posteriormente tuve otras visitas, pero muy atareadas, agitadas, donde no hubo cabida para esa contemplación que me da la paz.

Amo al frío que regalan los páramos, el jugo de las fresas, el ácido de las moras, el miche, el licor de frutas.  El olor a madera de las tranquilas cabañas. Encender la chimenea, sin importar el olor a ceniza. Meter mis pies denudos en los afluentes del Torbes, del Chama. Ríos que te congelan el ser.

Respirar el aroma de las más bellas rosas de mi país, recorrer colinas a caballo. Pescar truchas. Mirar mis uñas moradas por el frío, mis labios exhalando toda esa niebla que pinta los atardeceres, las largas caminatas, la fatiga y el vértigo que me regala el frío.

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