Nunca


 

 

Yo no te busqué

el destino nos presentó.

 

Yo nunca te miré

tus ojos me secuestraron.

 

Yo no escribo para tí

mis palabras fueron concebidas con tu nombre.

 

Y me ahoga el tiempo

me sobra el espacio

cuando no estás a mi lado.

 

Yo nunca me entregaré

siempre te llevaré conmigo.

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Dentro del espejo.


Se levantó en pijamas, encendió la luz y se miró en el espejo. Abstraída recordó una escena de su adolescencia, donde se burlaban de su nariz.

Heredó la nariz de su padre, chata, pero no desproporcionada con el resto de sus facciones. A veces pensaba, que si hubiese heredado también sus ojos esmeralda, su fisonomía no fuese tan notoria.

En aquella época leyó “Mujercitas”. Lo cual sirvió para refirmar su complejo con el personaje de Amy March, cuando al observar su imperfecta nariz, se colocaba un pequeño gancho de ropa.

Su primer amor, un chico extranjero, proveniente de Madeira, adoraba sus labios carnosos y jugueteaba con su nariz dulcemente, cosa que a ella le molestaba.

Al entrar a la universidad, todas sus amigas desfilaban exhibiendo sus apósitos que cubrían la rinoplastia.

En sus años de estudio conoció a un hombre, posterior a la ruptura de su primer matrimonio.  Un hombre cinco años menor que ella. Él estudiaba teatro. En una ocasión la invitó a una presentación. Allí ella conoció su sensibilidad y elocuencia. La última escena, consistía en un monólogo, donde pudo admirarlo completamente desnudo. Su tamaño y figura escultural, quedó grabada en su memoria. Su piel morena, sus cejas pobladas, sus ojos negros, su dulce voz. Conmovida, cedió ante la magia de sus encantos.

Disfrutaba su nueva relación amorosa, era como una especie de complicidad.  Todas las tardes, tomaban un taxi, en busca de la comodidad de los moteles de la ciudad. Ahí se dedicaban a amarse, contemplando la vistosidad de sus cuerpos en los espejos. Éstos, adornaban las paredes, el techo, la bañera. Nunca habían disfrutado tanto de su cuerpo.

La enseñó a posar para él, a desnudarse, a amar no sólo a su nariz, sino a el resto de su cuerpo: Sus senos, sus muslos, sus caderas, sus glúteos. Practicaban juntos escenas de teatro, que culminaban entre risas y aplausos.

Con su primer sueldo se dirigieron a una tienda de lencería femenina. Ella  le explicó con seriedad a la vendedora, que la compra dependía de la opinión de su prometido. La empleada no tuvo problema alguno.

En un pequeño probador entre un abrir y cerrar de cortinas. Ella desfilaba los más exóticos conjuntos, montada en sus tacones de 10 centímetros. Él con sus ojos encendidos, hastiado del blanco y negro, le señalaba con el dedo sus colores preferidos: vino, turquesa, un bello juego atigrado y un conjunto escocés. Comenzó nuevamente el ciclo de paso por los espejos.

La magia duró un año, a ella le resultaba incómodo pasearse de la mano con alguien que la llevaba orgullosamente, con rostro de niño enamorado. Otra vez los prejuicios. De nuevo los complejos. Todo terminó.

Ya su nariz era tema del pasado, ya al verse en  espejo se consideraba hermosa. Se recorría entera con la mirada, fetichista y vanidosa.

Su amor propio todavía no deja de crecer, sus años la  convierten en vino.  Su espejo, se ha convertido en su mejor amigo.

El mandarino


Camino a su trabajo se cruzaba cada mañana con el arbusto de mandarino. A su parecer era estéril. Nunca le vio fruto alguno.  A pesar de sus pequeñas flores rodeadas de abejas, atraídas por la delicia de su cítrico olor.

La compulsiva costumbre de arrancarle una hoja y saborearla entre sus labios con los ojos cerrados, se había convertido en un ritual matutino. Una obsesión.

Tras llegar con cinco minutos de retardo y su habitual saludo. Todos la miraban de pie a cabeza. Todos tenían la percepción de ese aroma particular que ella emanaba de su boca. Cítrico y dulce a su vez, casi adictivo, casi florido.

Más de una de sus compañeras pensó en preguntarle el nombre de su enjuague bucal. Pero ella se desplazaba en la oficina con la arrogancia de un muro y la sonrisa de un pequeño niño. Algo que las confundía y las retractaba de realizar este tipo de pregunta tan vergonzosa.

Con el pasar de los días, sus pálidas mejillas se tornaron naranja. Un extraño rubor ahora le acompañaba. Notó además que al pasar frente al mandarino, una columna de incontables abejas la perseguían.

Inicialmente arrancaba con mucho temor su respectiva hoja del día. Luego se acostumbró al corto paseo con los insectos, cuyo zumbido se había convertido en canción.

Sus labios la convertían en deseada. Su discreto hablar. No se explicaba las miradas, ni las múltiples tarjetas con nombres y números telefónicos que cada mañana aparecían en su escritorio acompañadas de rosas y confetis.

Una mañana se despertó más temprano que de costumbre y se dirigió en busca del arbusto. Observaba esa figura tan particular,  que ofrecía la disposición simétrica de sus hojas. Parecía un menudo fantasma que la invitaba a bailar.

Cegada por la curiosidad lo tomó fuertemente por una de sus ramas, mientras lo olía, mientras sangraba.

Una pequeña espina penetró dulcemente su pulgar, sin dolor. Sus cabellos se iluminaron por el sol, su boca se tiñó de color. Pequeñas gotas de sangre cayeron sobre las raíces del naranjo. Ella sin darle importancia, se introdujo en la boca el dedo sangrante, cerró los ojos y por primera vez experimentó el placer.

Como de costumbre continuó su camino, su rutina, su obligación.

Al día siguiente,  despertó con sensación de humedad en todo su cuerpo, sus cabellos tenían un brillo especial. Ese día cantaba al caminar.  Estaba ansiosa por ver el mandarino.

Su mayor sorpresa, fue observar un hermoso fruto al acercarse, que colgaba iluminado por tonos rojos y naranjas. No encontró explicación para el evento.

Sus labios se volvieron manantial. Sintió ansiedad. Sin pensarlo dos veces arrancó el extraño mandarino. Quitó aceleradamente su corteza, colocándola en el bolsillo de su saco. Probó uno de su gajos, cerró los ojos. Voló. Pero esta vez no regresó.

Al día siguiente fue la gran noticia en los diarios locales, como la mujer fallecida por una extraña intoxicación fitógena causada por una planta desconocida.

El arbusto de mandarina continuó en el mismo lugar, hermosamente floreado. En aquella primavera, lucía esplendoroso. Cargado de frutos, simbolizando abundancia.

¨Hasta los más dulces amores pueden ser venenosos¨.

 

Duda


 

Siempre el olor a tierra mojada.

Siempre el gotear de la lluvia.

Se dedica a abonar el terreno.

A sembrar la duda.

Con su boca la fertiliza.

Con su lengua la alimenta.

Con sus palabras la llena de calor.

De su cuerpo brotan raíces.

Sus raíces la inmovilizan.

Se esparce entre sus aguas.

Crece fuerte.

Deja de ser duda

y se convierte en certeza.

Una certeza que lleva su nombre.

El nombre que callo.

El nombre del hombre que yo amo.