El mandarino


Camino a su trabajo se cruzaba cada mañana con el arbusto de mandarino. A su parecer era estéril. Nunca le vio fruto alguno.  A pesar de sus pequeñas flores rodeadas de abejas, atraídas por la delicia de su cítrico olor.

La compulsiva costumbre de arrancarle una hoja y saborearla entre sus labios con los ojos cerrados, se había convertido en un ritual matutino. Una obsesión.

Tras llegar con cinco minutos de retardo y su habitual saludo. Todos la miraban de pie a cabeza. Todos tenían la percepción de ese aroma particular que ella emanaba de su boca. Cítrico y dulce a su vez, casi adictivo, casi florido.

Más de una de sus compañeras pensó en preguntarle el nombre de su enjuague bucal. Pero ella se desplazaba en la oficina con la arrogancia de un muro y la sonrisa de un pequeño niño. Algo que las confundía y las retractaba de realizar este tipo de pregunta tan vergonzosa.

Con el pasar de los días, sus pálidas mejillas se tornaron naranja. Un extraño rubor ahora le acompañaba. Notó además que al pasar frente al mandarino, una columna de incontables abejas la perseguían.

Inicialmente arrancaba con mucho temor su respectiva hoja del día. Luego se acostumbró al corto paseo con los insectos, cuyo zumbido se había convertido en canción.

Sus labios la convertían en deseada. Su discreto hablar. No se explicaba las miradas, ni las múltiples tarjetas con nombres y números telefónicos que cada mañana aparecían en su escritorio acompañadas de rosas y confetis.

Una mañana se despertó más temprano que de costumbre y se dirigió en busca del arbusto. Observaba esa figura tan particular,  que ofrecía la disposición simétrica de sus hojas. Parecía un menudo fantasma que la invitaba a bailar.

Cegada por la curiosidad lo tomó fuertemente por una de sus ramas, mientras lo olía, mientras sangraba.

Una pequeña espina penetró dulcemente su pulgar, sin dolor. Sus cabellos se iluminaron por el sol, su boca se tiñó de color. Pequeñas gotas de sangre cayeron sobre las raíces del naranjo. Ella sin darle importancia, se introdujo en la boca el dedo sangrante, cerró los ojos y por primera vez experimentó el placer.

Como de costumbre continuó su camino, su rutina, su obligación.

Al día siguiente,  despertó con sensación de humedad en todo su cuerpo, sus cabellos tenían un brillo especial. Ese día cantaba al caminar.  Estaba ansiosa por ver el mandarino.

Su mayor sorpresa, fue observar un hermoso fruto al acercarse, que colgaba iluminado por tonos rojos y naranjas. No encontró explicación para el evento.

Sus labios se volvieron manantial. Sintió ansiedad. Sin pensarlo dos veces arrancó el extraño mandarino. Quitó aceleradamente su corteza, colocándola en el bolsillo de su saco. Probó uno de su gajos, cerró los ojos. Voló. Pero esta vez no regresó.

Al día siguiente fue la gran noticia en los diarios locales, como la mujer fallecida por una extraña intoxicación fitógena causada por una planta desconocida.

El arbusto de mandarina continuó en el mismo lugar, hermosamente floreado. En aquella primavera, lucía esplendoroso. Cargado de frutos, simbolizando abundancia.

¨Hasta los más dulces amores pueden ser venenosos¨.

 

Anuncios

2 Comentarios

  1. Tal vez en eso concordamos. Me gustan los árboles, los arbustos, las enredaderas, los jardines. Y con respecto al naranja , hasta me lavo el cabello con champú de mandarina. La naranjada es mi jugo favorito. Naranja, es el color de mis sueños… Ja, no sé por qué cuento todo esto. Será porque no puedo ser de otra manera. Gracias por comentar, te debo la mandarina. 🙂

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s