No te detengas.


Caminábamos  en la carrera de la vida. Un día decidimos tomarnos de la mano. El tiempo se detuvo. Dejamos de avanzar para contemplar la noche.

Las noches en tus ojos, nunca dejarán de ser infinitas. Creciste tanto dentro de mí, que te convertiste en innombrable. Entonces decidí llamarte noche, vida, tormenta, lluvia… Hoy al despertar siento que eres mucho más que eso, eres inspiración.

Al desprenderme de ti,  comprendí que era la única forma de ver volar tus manos aladas. Esas manos que algún día me gustaría besar en gratitud de tantos sueños.  Los sueños rotos, suelen ser más dolorosos que las promesas incumplidas.

Ahora puedo verte volar convertido en ave, en viento, en densa bruma. Me senté sobre una roca en la mitad del camino, para verte avanzar. Mientras, yo me pierdo en la inmensidad de la noche. Puedo contemplar el brillo de tus huellas. Tengo la certeza de que algún día encontrarás esa luz al final del túnel.

Sin embargo sé,  que nos separa un cielo, que se nos escapó de las manos, para convertirse en abismo. Mi mirada será la única señal, que pueda demostrarte que sigo contigo.

No intentes comprenderme. Recuerda, soy laberinto.

Código.


Una mañana, dio la orden de alto al fuego. Con mis mares apagué el deseo. Me volví marea, también tormenta. Yo me pregunto: ¿Quién se desprendió primero?

Nos hemos convertido en impredecibles, en indescifrables. Un código binario. Donde tú quieres ser el uno, sin entender el valor el cero.

Fui parte del juego, al convertirme en nada.  La nada que castiga, que hiere. Una nada similar a la de la historia interminable. Una historia que culminamos día a día, sin terminar de comenzar.

Déjame llorar mi soledad. Deseo romper nuestro mundo. Con una lágrima será suficiente. Es necesario reconstruirnos. Renacer.

Un único camino. Olvidarnos o perdonarnos. Decide tú, en fin, elegiste ser el uno.