Pacto con la luna


Nací una noche de luna. Por eso llevo grabada la pasión en el pecho y la noche en la mirada.

El mar fue mi casa.   De niña, la arena me enseñó los misterios del tiempo, cuando al tomarla entre las manos caía al mar en fracciones de segundo.  Acto que repetía  en reiteradas oportunidades, sin darme cuenta el pasar de las horas. Pienso que el tiempo se detenía  para verme jugar.

El mar fue muy generoso al contarme todos sus secretos. Me mostró la furia de las olas, los engaños de la marea y el canto de las caracolas.

Mi piel nunca fue tostada.  La luna y su capricho de teñirme a su antojo.  Sin embargo, llevo la negrura  de la costa, circulando en mis venas.

Rasgos de negra,  decía mi padre al verme jugar, con una tierna sonrisa  que ocultaba sus ojos esmeralda. Mi madre una hermosa mulata en su época, siempre con temor al mar. Siempre vigilante.

Me costó un par de sustos aprender a nadar, pero el mar bondadoso siempre me devolvía a la orilla. Deseaba verme crecer entre sus aguas traicioneras.

Años después, me convertí en una joven de cabellos tostados, que decidió marcharse a los diecisiete años para conocer el mundo.

El mundo me devolvió a mi tierra,  ocho años más tarde. Nunca nos entendimos. Nunca tuvo la capacidad de sustituir  mi amor por el mar y la sensación de paz que me brindaban aquellos atardeceres.

Caminando, trotando o en bicicleta, siempre termino en el mismo lugar. En el mismo muelle. Bajo el mismo cielo. Sobre las mismas aguas.

El mar la luna y yo.

Un pacto cerrado  en una península del caribe.

Lluvia


Llueve sin llanto.
Llueve sin rostro.
Llueve en las esquinas.
Cántaros de lluvia recorriendo las aceras.
Llueve en esta ciudad deshabitada.

La lluvia es impecable.
Moja y desaparece.
Sin dejar rastros.
Dejando olores en el recuerdo
y sensaciones en la piel.

Lluvia que sigue.
Lluvia que inunda.
Lluvia que ahoga.
Lluvia que trasciende.

Con el abrazo nos preparamos para el frío.
Nunca para la tormenta.
Hoy la lluvia se derrama.
Repentina.
Sin calma.
Sin vuelta atrás.

Verano.


Se marcha la primavera. Nos deja su aroma para perfumar el recuerdo. Comienzan las lluvias inesperadas. Gotas que insisten en despertarnos. Tempestades que anuncian que queda poco tiempo.

Se acerca el verano. Hace un año lo llevamos dentro. Se confunde con el deseo. El mismo que nos deja doliendo las manos. El mismo que nos embarga cada noche. El mismo que nos negamos.

Vamos a desgastar el papel. Vamos a manchar la hoja en blanco. Es la palabra fecunda quien pretende volver. Para germinar. Para echar raíces. Quiere afianzarse en el desierto que dejaron nuestros cuerpos. Todavía flotan en el mar. Como una isla. Como todo lo que hemos dejado atrás.

Una hermosa gaviota vuela sobre nosotros. Nos mira indignada. Con su canto intenta decirnos:

¿Cuándo perdieron la libertad?

¿En que playa decidieron ahogar sus esperanzas?

¿Cuándo  dejaron de volar?

La miro con tristeza.  Te miro con ansiedad, mientras callas. Cuando en realidad lo único que deseo decirte es:

Niégame tres veces, pero nunca dejes de amarme.

Anoche.


 

Anoche no me apeteció la hoja en blanco.

Ni el frío de tus labios.

No me lavé las manos con tinta

después de decapitar un corazón.

 

Anoche no sopló la brisa

ni el viento

no hubo luna cromada

ni lluvia de cristales rotos.

 

Anoche escuché los lamentos

de un par de grillos en mi ventana

a la espera de un sueño frustrado

que nunca surgió.

 

Somos lo que nunca fuimos

fuimos lo que nunca deseamos ser

seres incomprendidos

unidos por la soledad.

Te dedico


I

Al dedicar, las palabras dejan de ser letras para convertirse en flores.

Al dedicar, el óleo nos deja ebrios a trementina y las imágenes hablan sin piedad.

Al dedicar, la guitarra devora tus manos con sus cuerdas y tu voz se transforma en ofrenda a el amor.

II

Te dedico mis manos bañadas de tinta.

Te dedico mis ojos llenos de ti.

Te dedico mi espalda en blanco para que tú la escribas.

Te dedico mis labios con sabor a agonía.

Te dedico la luna, ella la culpable de toda mi locura.

Te dedico el mar, es quien me lleva y me trae de vuelta.

Te dedico mis noches latentes de humedad.

Te dedico mis amaneceres con el sabor amargo de tu ausencia.

Te dedico todo lo que no tengo y cuanto tengo te dedico.

 

***

“Pongo estos seis versos en mi botella al mar

con el secreto designio de que algún día

llegue a una playa casi desierta

y un niño la encuentre y la destape

y en lugar de versos extraiga piedritas

y socorros y alertas y caracolas.”

 

MARIO BENEDETTI

 

Tu boca y otros delirios de mayo.


 

Quiero sembrar un jardín en tu boca.

Si en besos te cantara, qué no te diría.

Abrir los caminos con las manos, recorrerlos con la boca.

Ser en tus labios el sueño de Goya.

Él me besa con sus mentiras y yo con mis verdades le araño la espalda.

Quiebra la palabra en mis labios. Hazlo dulcemente.

Y no sea mi beso quien te queme sino mis palabras.

Tu cuerpo, una burbuja de cristal, se revienta por besar.

Si en besos te cantara, qué no te diría.

Sea tu boca el libro de mi vida.

Búscate mis labios, tu talón de Aquiles qué.

Besarás muchos labios, antes de encontrar los míos.

Quiero regresarte las palabras que dejaste en mi boca.

Brisa, bésame mientras me hablas de ella.

Mis labios nunca se visten para recibirte.

En mis labios dejarías de ser amargo mandarino.

Cierra los ojos, quiero besar tu frente.

Existen bocas a quienes les florecen palabras bonitas,

existen espinas a quienes nos florecen rosas.

De tu boca nació mi silencio.

Se nos termina mayo y yo con ganas de florearte la boca.

Amaneceres de tinta azul.


Amanecer es sepultar mis abriles y esperar las flores de mayo.

Amanecer es extraviarse en los laberintos de la Amada.

Amanecer en las profundidades del pantano, con el  corazón de loto.

Amanecer es quitarme los guantes llenos de sangre, para escribirle a la vida.

Sin sueños de luna no existen amaneceres.

Amanecer en las afueras del vértigo y la náusea.

Amanecer para ser puente entre el cielo y la tierra.

Amanecer es hacer hablar a los libros y escuchar sus verdades.

Amanecer es despojarse de las pesadillas

Amanecer en el epicentro de la catarsis.

Amanecer es reafirmar la inconformidad.

Amanecer con el delirio apoyado en mi espalda.

Amanecer es arrancarle la muerte de encima, mientras él se entrega.

“No dormiré hasta que la luna acabe” me dijo,

y de ahí se inventaron nuestros amaneceres.