Verano.


Se marcha la primavera. Nos deja su aroma para perfumar el recuerdo. Comienzan las lluvias inesperadas. Gotas que insisten en despertarnos. Tempestades que anuncian que queda poco tiempo.

Se acerca el verano. Hace un año lo llevamos dentro. Se confunde con el deseo. El mismo que nos deja doliendo las manos. El mismo que nos embarga cada noche. El mismo que nos negamos.

Vamos a desgastar el papel. Vamos a manchar la hoja en blanco. Es la palabra fecunda quien pretende volver. Para germinar. Para echar raíces. Quiere afianzarse en el desierto que dejaron nuestros cuerpos. Todavía flotan en el mar. Como una isla. Como todo lo que hemos dejado atrás.

Una hermosa gaviota vuela sobre nosotros. Nos mira indignada. Con su canto intenta decirnos:

¿Cuándo perdieron la libertad?

¿En que playa decidieron ahogar sus esperanzas?

¿Cuándo  dejaron de volar?

La miro con tristeza.  Te miro con ansiedad, mientras callas. Cuando en realidad lo único que deseo decirte es:

Niégame tres veces, pero nunca dejes de amarme.

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