Pacto con la luna


Nací una noche de luna. Por eso llevo grabada la pasión en el pecho y la noche en la mirada.

El mar fue mi casa.   De niña, la arena me enseñó los misterios del tiempo, cuando al tomarla entre las manos caía al mar en fracciones de segundo.  Acto que repetía  en reiteradas oportunidades, sin darme cuenta el pasar de las horas. Pienso que el tiempo se detenía  para verme jugar.

El mar fue muy generoso al contarme todos sus secretos. Me mostró la furia de las olas, los engaños de la marea y el canto de las caracolas.

Mi piel nunca fue tostada.  La luna y su capricho de teñirme a su antojo.  Sin embargo, llevo la negrura  de la costa, circulando en mis venas.

Rasgos de negra,  decía mi padre al verme jugar, con una tierna sonrisa  que ocultaba sus ojos esmeralda. Mi madre una hermosa mulata en su época, siempre con temor al mar. Siempre vigilante.

Me costó un par de sustos aprender a nadar, pero el mar bondadoso siempre me devolvía a la orilla. Deseaba verme crecer entre sus aguas traicioneras.

Años después, me convertí en una joven de cabellos tostados, que decidió marcharse a los diecisiete años para conocer el mundo.

El mundo me devolvió a mi tierra,  ocho años más tarde. Nunca nos entendimos. Nunca tuvo la capacidad de sustituir  mi amor por el mar y la sensación de paz que me brindaban aquellos atardeceres.

Caminando, trotando o en bicicleta, siempre termino en el mismo lugar. En el mismo muelle. Bajo el mismo cielo. Sobre las mismas aguas.

El mar la luna y yo.

Un pacto cerrado  en una península del caribe.

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