Luego de culminar mis estudios en la universidad, mi pensamiento netamente escéptico se dedicó a cuestionar todas las pseudociencias; incluso a las religiones (incluyendo a la mía). Comencé a  buscar esa “luz al final del túnel” en un tubo de ensayo, en las colonias cultivadas al fondo de una cápsulas de petri, en congresos ajenos a mi experiencia profesional.

Cada vez que viajaba, y escuchaba aquel borbolleo de palabras de ese grupo de científicos extranjeros, que vistan nuestro conmocionado país para alimentar el pensamiento con su “suprema sabiduría”;  experimentaba ese agradable placer de la elocuencia ajena. Comenzó así mi carrera como investigadora. Me esforzaba un poco, y realizaba trabajo tras trabajo con la intención de escuchar los tan cotizados aplausos y recibir cualquier tipo de mención.

En mi imaginación siempre creí “descubrir el agua tibia”. Luego de obtener algunos premios y reconocimientos, me di cuenta que en algún lugar del mundo, entre el medio oriente y la conchinchina existía otro sujeto similar a mí con aires de investigador, que por alguna razón, había pensado de forma exactamente igual a la mía. Que había realizado estudios tan parecidos a los míos y con los mismos resultados. Allí comenzó mi crisis existencial. Abandoné por completo el legado de la investigación; esos cursos de metodología y estadística que tanto alimentaban mi ego.

Me sentí libre, y fue en el pleno uso de esta libertad, cuando me abandoné en los brazos del arte, la música y la filosofía. Esto me confirmó la idea de que “todo estaba hecho”, y que no quedaba otra cosa que admirar la creación de otros. En ese transcurso me enamoré de la lectura, de los más hermosos óleos que a diario brillaban en mi imaginación, tras pasar horas y horas de contemplación en la quietud de un monitor.

Me convertí en una perfecta solitaria, sin descartar mi actitud de romántica empedernida. Saciaba mi insatisfacción vivencial con esos interminables poemas de los mal llamados “poetas muertos”, que cada noche visualizaba sobre mis manos, dispuestos a manera de acordeón sobre la hoja en blanco. Leía hasta el cansancio (todo esto se reflejaba en mis notables ojeras del día siguiente).

Me convertí en una compradora compulsiva de libros, y coleccionista de ambigüedades. Me enorgullecía de mi enorme biblioteca. Dormir sobre libros se convirtió en el primer peldaño de mi tan abnegada escalera al cielo. Con música de fondo, cada noche me disponía a enajenarme del mundo, del ruido, de las compañías, del vulgo.

Nunca me había sentido tan complacida y orgullosa de mi soledad. Mi saudade, era mi carnet de presentación. Por horas me sentía realizada. Pero aún así, el vacío continuaba.

Entonces me dediqué a descubrir el origen de Dios, como quién sale de cacería. Lo busqué en todas partes: en el mar, debajo de las piedras, en el templo, en el ocaso. Sentía que fracasaba a diario en mi búsqueda. Investigué en libros profanos, y aquellos filósofos que se denominaban ateos, no hacían sino confirmarme su presencia, tras ese sin número de negaciones. Me dije para mis adentros: la negación tan frecuente de los ateos con respecto a la existencia de Dios, provoca el efecto contrario. No se niega ni se pronuncia lo que no existe; y un ateo no hace otra cosa que “nombrar a Dios, las 24 horas del día así sea en su afán de negarlo”. Esta idea me inquietó mucho.

Dejé de buscarlo. Pero sucedió que el día menos pensado, fue él quien me encontró. Porque todo tiene su día y su hora (lo supe, al descubrir que Dios es el único dueño del tiempo). Por eso, un día corriente como hoy logro entender:

“Que no es en la cabeza, sino en el corazón, ese lugar secreto donde Dios se cita con los hombres”.

 

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