Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?


Dios mío, Dios mío ¿Por qué me has abandonado? Fueron las últimas palabras de ese hermoso Cristo sangrante en el madero de la cruz, y dicho eso expiró… Si el Dios vivo bajado del cielo y hecho hombre, sufrió en carne propia el desprecio de los suyos, ¿qué podemos esperar nosotros? No hay nada más triste que el sufrimiento que nos proporciona la gente que amamos. Las palabras hirientes a veces son peores que una bofetada y más aún si van acompañadas de acciones despectivas… Jesús padeció el desprecio de los suyos, el abandono de aquellos mismos que alguna vez lo alabaron entre palmas y gritos de gloria. Esa misma multitud que clamaba “Hossanna al hijo de David” fue la misma que gritaba: ¡Crucifícalo! pidiendo la libertad de Barrabás el peor de los criminales. Así murió el “cordero” cayendo muchas veces de rodilla delante de la multitud… Murió en manos de los suyos…
Así también morimos muchos, en manos de las personas que amamos, cuando lentamente y de la manera más cruel crucifican nuestros sentimientos, con palabras que son como clavos, con miradas que son como lanzas.
Jesús te pido en esta noche que no nos dejes caer, y si alguna vez caemos, envíanos pronto ese cirineo que nos ayude a levantar en la brevedad posible.
A veces me pregunto el por qué de tanta maldad en este mundo tan inhumano. Se ha perdido el amor, la caridad, la entrega y podemos ver con frecuencia aquellas personas que disfrutan del mal ajeno y se alimentan de ese veneno tan amargo como lo es la desgracia del prójimo… También te pido por ellos Jesús, perdónalos porque no saben lo que hacen.
Esa historia de hace más de dos mil años se repite día a día en nosotros… En ese Cristo que llevamos dentro, porque queramos o no, somos ese producto de la creación; hechos a imagen y semejanza de ese Dios que nos hizo carne para poblar la tierra.
Algunos nacieron para sufrir en silencio, otros simplemente lo escribimos para no alimentar el rencor y darle salida a ese dolor que tanto destruye el alma.
Escribir es mi forma de gritar: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado? y por último te pido: “No me dejes caer“.

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