Nuestra noche


Nació con una  fuerte contracción

el día que vimos morir el atardecer.

Fue procreada por la luna

en aquel invierno cuando  se bañó desnuda

y desafió a los astros con  su redondez.

Frente a la luz del sol inclina la mirada

porque sabe que él no tendrá clemencia

su magna presencia la convierte en ausencia.

Ella  pinta nuestros ojos en azules

con su fría caída desata nuestros amoríos

con un delicado soplido

transforma nuestro hielo

en un amasijo de carne y huesos.

Ella construyó una morada en el silencio

le contó a las estrellas sobre nosotros

en sus horas insomnes

se dedica a escribir nuestra historia.

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Estelar


Hoy amanecí con una sonrisa en los labios. Luego de despertar de un largo viaje.

He descubierto que aprendí una nueva forma de vuelo, sin practicarla. Sin leer ningún manual.

Mi verdadera vida se inicia realmente a la hora de acostarme. Cuando me quedo dormida imaginando al mundo de una forma diferente. Comienzo a soñar. Comienzo a vivir.

Todo comenzó, en una de esas noches en las que él viene por mí.

Siempre sin avisar. Nunca se anuncia.

Esa noche como de costumbre llegó mientras dormía. Sentí su aroma entre las sábanas. Sentí su presencia inconfundible.

Con un beso intenso exhaló mi aliento. Ya aprendió a robarme el alma. Ya sabemos intercambiarlas. Es tan sencillo como intercambiar miradas.

Abrazados, emprendimos el vuelo en espiral, como de costumbre. pero esta vez, decidimos llegar más allá.

Fue una decisión mutua, traspasar los límites de la exósfera. Cerramos nuestros ojos para no dar cabida al miedo. En esos momentos, nuestros corazones se acompasaron pecho a pecho al ritmo de lo desconocido.

Por unos segundos comenzó a faltar el oxígeno. Nuestros cuerpos se tornaron pesados. Nuestros labios cambiaron de color. Pasaron de la rubicundéz, al violáceo asfixiante.

Abrimos los ojos por un instante, para cerciorar que ambos continúabamos allí. Al confirmarlo, la fuerza de nuestro vital abrazo, se acentuó.

Fuimos perdiendo poco a poco la noción del tiempo. Ya no contábamos las horas. Decidimos deshacernos de nuestras alas, para disminuir el peso de nuestras espaldas. Yo con tristeza arranqué las tuyas. Tus bellas alas, con el brillo de las conchas de nácar, que las iluminaba.

Se alejaron lentamente.

Luego le pedí que hiciera lo mismo con las mías. Se negó.  Casi suplicante, volví a insistir, con la amenaza de soltarme de sus brazos. Esta vez me miró con tristeza. Cerró sus ojos y con dulzura tiró de mis alas, tan impregnadas de rosas, tan amadas.

Una lágrima perlada resbaló de su mejilla, al caer se escuchó su eco en los rincones del infinito.

Nos hicimos grises, nos creímos muertos. Pero nunca perdimos la fe, nunca nos separamos. En ese momento comenzamos a gravitar, si se quiere, a levitar.

Nos elevamos en círculos, admiramos los planetas, las estrellas, las constelaciones.  Impregnados de magia, nos miramos nuevamente a los ojos.

El abrazo se hizo cada vez más fuerte, surgieron las caricias, los besos. Ya no existía vergüenza, ni fronteras. Perdimos el miedo.

Nos hicimos uno, en medio del espacio. En medio de fragmentos del polvo estelar.