Perdida


Luego de regresar de ese largo túnel gris, me encuentro aquí, enclavada en mi silla. Con la mirada perdida, contemplando mi pequeño universo.

Solía cuestionar a la vida constantemente.  Hoy  puedo admitir con propiedad, que nuestro futuro está escrito. Muchas veces incierto, muchas veces  injusto, muchas veces con un propósito.

He dejado de creer en la casualidades, para creer en las señales. Esas de las cuales hacemos caso omiso, por creernos omnipotentes y dueños de nuestras vidas.

En el medio de la tormenta, muchos nos hacemos creyentes.

Cuando ves que la vida se apaga. Cuando sientes que tu cuerpo encierra la fragilidad de una botella.Cuando todo se escapa de tus manos. No tienes otra elección. Creer.

Aún mi mente se encuentra en esa fase confusa.

Fueron ocho días de debatir contra la muerte. Ocho días de angustia. Ocho días de aprendizaje. Ocho días donde sentí el amor de esas personas tan cercanas a mi, que nunca me abandonaron.

Por ellos luché, por ellos sigo aquí.

Hoy, agradezco inmensamente a Dios, por esta nueva oportunidad. También a la vida por haberme dado tanto.

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Hacia el frío.


Contando los días. Planificando los sueños. Este año mis voces internas señalan el frío. El año pasado pidieron mar.

En Diciembre no me permito lujos.  Me regalo cada año, unas merecidas vacaciones.

Abandonar la realidad por algunos días. Congelar mi mente para verla reposar, ajena al mundo.

Varios años sin visitar Mérida. Puedo sentir en mis manos la textura de los frailejones. Todavía recuerdo aquel ramo,  cuando hice mi primer viaje.  Fue en la plaza principal. Un andino de mejillas rosadas por el frío, me recitó un hermoso poema. Me obsequió simétrico bouquet con exuberantes violetas y una hoja rayada que contenía un acróstico con mi nombre. Sonrió y en medio de la noche desapareció.

Posteriormente tuve otras visitas, pero muy atareadas, agitadas, donde no hubo cabida para esa contemplación que me da la paz.

Amo al frío que regalan los páramos, el jugo de las fresas, el ácido de las moras, el miche, el licor de frutas.  El olor a madera de las tranquilas cabañas. Encender la chimenea, sin importar el olor a ceniza. Meter mis pies denudos en los afluentes del Torbes, del Chama. Ríos que te congelan el ser.

Respirar el aroma de las más bellas rosas de mi país, recorrer colinas a caballo. Pescar truchas. Mirar mis uñas moradas por el frío, mis labios exhalando toda esa niebla que pinta los atardeceres, las largas caminatas, la fatiga y el vértigo que me regala el frío.

Yo no sé.


Yo no sé quien eres,

si un capricho sin nombre

o un arrebato del viento.

Yo no sé cuando comenzaste a ser

si por un juego de palabras

o por  palabras que penetraron en mi ser.

Yo nunca sabré lo que tú quieres que sepa,

por no hablarlo lo sobreentendemos

y por sobreentenderlo lo ocultamos.

Yo no sé hablar en otro idioma

que no sea el de los sueños.

Es la única forma

en la que me enseñaste a amar.

Así,

puedo idealizar

puedo volar

puedo escapar

como las gaviotas

que viven en el mar.

TU


Tú.

Lo fatal.

Lo necesario.

El aire que da vida a mis penas.

La sombra que ilumina mis noches.

La brisa que deshoja las azucenas.

El amanecer en la boca prohibida.

El aguijón que entumece mi lengua.

La espuma que se esparce al romper la ola.

El tiempo que se llevó la espera.

La cuerda que anudó mi garganta.

La humedad que brota de la grieta.

El rayo de luz que cruza la niebla.

La gota que pende en el embudo.

El grito que se perdió en el silencio.

La felicidad en el exilio.

La soledad convertida en compañera.

 

 

 

 

 

Directo al sol


Ya en límite. Donde se debaten la vida y la muerte. Donde inicia la visión retrospectiva de la estancia terrenal.

Ya sin ansiedad. Rodeada de calma. Donde se alternan los sueños y la clarividencia. Donde se perciben las verdades como latidos vitales.

Ya sin dolor. Envuelto por una atmósfera de paz. El alma se libera de su condena. Vuela sin resistencia. Un vuelo que evolucionó satisfactoriamente, desde lo rudimentario, hasta lograr la precisión.

Ya, a  imagen y semejanza del Omnipotente. Buscando la perfección. Convirtiéndonos en creadores de nuestra propia redención.

¿Y el amor?

Se inicia con el desarrollo del amor propio.  Con la aceptación. Mirarse en un cristal y sentirse único, privilegiado. Amarnos como flores, aceptando nuestras espinas. Admirar y desarrollar nuestra belleza interior.

Ante fracasos, tormentas, caídas, asumir una nueva estrategia de vuelo. Cada vez más impecable.

Cuando el cuerpo deje de ser un peso. Cuando extiendas tus brazos como alas al viento. Cuando puedas ver al sol de frente, sin miedo. Estarás a un paso de la perfección.

¿Qué hay después del túnel?

Un amor perfecto, un amor sin límites.

La paz espiritual, que sólo tú puedes alcanzar.

Créeme, nadie más lo hará por tí.

 

 

 

 

 

 

 

La bailarina del jardín


 

Como de costumbre me levanto muy temprano. Lleno mi taza de café y mientras el denso humo se dispersa, me siento a contemplar la excitante belleza del jardín.

Podría pasas horas enteras sumergida en cada uno de los componentes de ese mosaico natural.  Donde la tierra, las plantas, el sol, la brisa matutina y la atmósfera de mi aliento, embriagado por el café, se transforman en un cuadro inusual.

Estar de pie en esa actitud contemplativa me produce vértigos. Me recuesto en mi mecedora azul índigo, donde  arrullo a mis laberintos para que dejen de girar.  La sensación cesa espontáneamente en forma de espiral regresivo.

Cierro los ojos para sentir el roce de la brisa agitando mis cabellos.  Me mojo los labios resecos con un trago de café y siento el calor que impregna el mejor de los sentidos, donde detona el placer.

Con el aleteo del colibrí vuelvo a la realidad, se ha convertido en el depredador del jardín. Ya todas mis flores dejaron de ser niñas, con la habilidad de su pico de aguja.

Las veo todos los días, cada vez más enamoradas, cada hora más espléndidas. Cubren el centro de su desnudez, con sus frágiles pétalos. Cada una con un atuendo diferente para la ocasión.

Él se ha vuelto exigente, ha desarrollado su vuelo haciéndolo más rápido, más preciso. Las ama sin dolor, las nutre de pasión.

Anoche no dormí de la preocupación. A las cinco de la tarde, la bailarina del jardín floreció. Temo por su seguridad, por la ingenuidad de sus tres pétalos color azul.

Anoche me pidió que le cantara hasta que se durmiera, la siguiente canción:

“Tengo una muñeca

vestida de azul

con sus zapatitos

y su canesú…”

Al verla dormida, me dirigí a mi habitación sin poder conciliar el sueño, pensaba en la tragedia del día de hoy.

Acá estoy a la espera, deseando que él pase de largo, que las otras niñas del jardín estén lo suficientemente bellas como para desviar el objetivo. Me preocupan sus brazos de cristal y su pequeña cabeza conformada por un grano de polen.

Moriría  de sólo ver una gota de sangre en su vestido almidonado. Pero nada puedo hacer, él es el miembro más antiguo del jardín. El rey catador de almíbares.

Ella todavía juega con la brisa, le muestra una gota de rocío en su falda, quiere verla volar. Baila al ritmo del tiempo, sus pétalos se mueven sin parar. Él ya está aquí, realizando piruetas de cortejo en el aire.

Un fuerte nudo me oprime la garganta, no lo puedo detener. El vértigo de inicia nuevamente, pero ahora sentada, veo mis manos palidecer. Transpiro sin parar.

Él, sediento de tanto revolotear por los aires, se le acerca, la mira, le muestra sus coloridas alas, como un príncipe de esos que usan capa.

Ella ruborizada le devuelve la sonrisa, como invitándole a pasar.

Él está ansioso, ávido.  Sin esperar más, se posa sobre ella.

Yo me desvanezco por un minuto y mi voluntad, me hace regresar.

Allí están los dos, flamantes de placer. Ha dejado de ser niña, para convertirse en mujer.

Esta mañana ella luce hermosa, él la vuelve a tomar por última vez, como para despedirse. En un fugaz vuelo a toda velocidad, desaparece.

¿Qué pasará mañana? ¿Qué será de los dos?

 

Amaneciendo.


 

 

 

Cada vez que me levanto, pienso que la vida es un nuevo amanecer.

Los días pasan. Para muchos, una hoja más que arrancarle al almanaque. Para mí, todo un acontecimiento.

Desde hace 8 años por voluntad propia, tomé la gran responsabilidad de vivir a la expectativa.

Es un hermoso camino minado, de rosas y espinas.  Las rosas siempre  halagadoras, gratificantes, espontáneas y motivadoras . Las espinas, esas que aún no logro entender, las que se aferran tan dolorosamente a la piel, sin previo aviso.

Los que a diario convivimos con la muerte, no sabemos de certezas ni de promesas.

Vivo en un mundo incierto, de días largos y noches sin descanso. Mi familia siempre sabe mi hora de salida, pero nunca la de regreso.

Mi maletín de diario  con ropa de cambio, objetos personales, instrumentos de trabajo y una portátil. Una pequeña pulsera hippie, con la cuentas de un rosario, que sé que a diario, mi madre ofrece por mí.

Una taza de café como ritual para iniciar el día , que posteriormente se repite como un ciclo.

La belleza de estos amaneceres no la cambio por nada. Es lo único que mis manos saben hacer a la perfección, sí… lo único. Nacemos con la inspiración en las manos y la adrenalina en el corazón.  Nuestra manera de amar es distinta, amamos como vendavales, porque somos impulsados por el deber.

Con el tiempo nos damos cuenta, de que nos privamos de muchas cosas: de la familia, de los amigos, de vacaciones, de acontecimientos.

Pero todo en la vida tiene su gratificación, salir a la calle y encontrarte con tantos soles sonrientes, llenos de vida y agradecidos, no tiene precio.